Tengo el sonido de su risa todavía en mis oídos, y de verdad, no quiero que se escape.
Pelo corto,
ojos profundos,
sonrisa encantadora.
No para de moverse cuando habla.
El número de palabrotas que dice es equivalente al número de palabras que se le olvidan en mitad de la conversación. Ya os digo yo que son muchas.
Desborda elegancia por cada una de las lineas de su contorno.
Cuando camina, parece que acaricia el suelo con su andar.

¿Conocéis la sensación de no poder dejar ir a una persona sin saber antes su nombre?
Su nombre,
el número de pecas que tiene en la cara,
y la cantidad de veces que le han hecho daño para poder abrazarle con más fuerza.
Soñé con su nombre,
y admito que también con su boca.
No hemos hablado ni dos horas,
ni siquiera sé sus apellidos ni qué le gusta desayunar por las mañanas,
pero puedo decir que no me importaría pasar la noche abrazándola
y cantándole canciones estúpidas al oído.


Anda y parece que vuela,
y yo siempre he tenido fijación por las alturas.

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Poesía entrópica