No sé si alguna vez habéis estado en silencio dentro de un coche, pero el sonido de las ruedas es una especie de zumbido permanente que acabas ignorando.
Así es su vida.
Mantiene una rutina solitaria que lo absorbe. Lleva así quince años y va a seguir así quince años más. Dentro de su casa se respira tabaco y abandono. Se ha abandonado a si mismo y vive por y para la inercia. Se deja llevar, pero está encerrado.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Me hago más pequeña cada vez que paso por su puerta. Sus abrazos asfixian casi tanto como sus proyectos de futuro enlatado. Cree saber alcanzar la felicidad, y a pesar de haber seguido todos los pasos cuidadosamente, está sumido en la tristeza. Aún así me repite una y otra vez lo que debo hacer con mi vida como si creyese que alguna vez ha estado entre sus manos.

Arranca plumas de mis alas porque considera que mis sueños son vuelos destinados a la caída. 

Aplaca mi juventud con la pesadez de las responsabilidades. Ser adulta consiste en hacer cosas que no quieres hacer por el bien de los demás. Eso explica los 20 años que se me suman de golpe sentada en la esquina de ese sofá azul, intentando mantener una conversación sin salir huyendo.
Su color es el gris porque todo es decadencia.
Se podría comparar con la caída de una hoja en otoño, pero estoy segura que la hoja disfruta de esos momentos de libertad antes de aterrizar en el asfalto. Él, sin embargo, no soporta la idea de despegarse de su suelo.

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Poesía entrópica