Tengo tres fijaciones en la vida:
los ojos,
los pájaros
y el cielo.
Ella me miraba a los ojos y se me revolvían los pulmones y yo me olvidaba de cuáles eran los pasos para respirar normal y se me encogía el pecho.
Llevaba un pájaro en el cuello. Una golondrina transparente que marcaba directamente hacia su boca.
Nos tumbamos en el suelo y miramos el cielo de una noche de verano. Las estrellas nos guiñaban cómplices y ella intentaba que me orientase entre luces.
Cerca.
Muy cerca.
Cada vez más cerca.
Acércate que te siento lejos.
Me perdía en su pecho,
en su pelo,
entre sus piernas.
Cerca.
Muy cerca.
Cada vez más cerca.
Hasta que acabé perdiéndome entre sus labios.
Beso, beso, beso y vórtice.
Nos hemos echado de menos y ahora somos un tren sin frenos.


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Poesía entrópica